Solunay, amor de tribu
- Yaiza Sobotka

- 22 sept 2021
- 3 min de lectura
Hoy es un día importante. Transcendido y superando miedos de hacía años en mitad de un paraíso en el que voy creciendo desde el amor de tribu. Cuando hay tribu, a diferencia de un vínculo de dos, responsabilidad se reparte. Nadie se queda solo, ni se siente solo. No hay expectativas ni demandas en exceso, la carga se hace justa y es sincera. Enamorarte de la gente con la que vives, de toda. Solunay me está enseñando un amor que lejos de ser romántico, roza lo cósmico y lo trascendente, roza la verdad de lo que mi alma me pide: libertad. Libertad de hacer sin que nadie se sienta herido, libertad de estar cuando te apetece, cuando lo sientes de verdad, sin que nadie se sienta abandonado. Libertad de decidir a cada momento y de hacerte cargo de lo que te vaya fluyendo. Es una relación menos decepcionante y absorbente, más natural y sana. No se rompe ni degrada, puesto que no llegas al punto de inseguridad que genera un vínculo afectivo con una persona sola. Se deshacen los celos, los miedos, los excesos... Es una emancipación. Me encanta vivir así, en una relación tribal, de familia, de comunidad auténtica, de convivencia sana. Al igual, me parece que criar un hijo en estas condiciones es exactamente lo mismo, responsabilidad compartida y mucha menos carga, a la vez que más riqueza... Gracias a esta sensación de amor con Solunay he vuelto con los psicodélicos después de años traumatizada por un mal viaje. Aleluya! XD perdiendo el miedo.
Gracias a la gente bonita que me hizo más valiente, y a la que ha creado las circunstancias idóneas para que pueda superar algo que me dejó marcada. Por eso quiero recordar el día de hoy. Me siento libre, sincera, segura, tranquila... Me siento bien.
Y más...
Volviendo a las tribus. "Cuando dejamos de ser tribus, la unidad se rajó. Creímos que la pareja, o el núcleo familiar iban a ser suficientes, mientras amistades y círculos de pertenencia nos daban las migajas de efímeras convivencias. La tribu es mucho más que amigos, y hermanos de sangre. La tribu es la pertenencia espiritual a una hermandad que sostiene y nos invita a sostener. La tribu es donde los roles naturales se comparten, intercambian e interactúan. Las madres hoy maternan solas sin el grupo de contención y apoyo. Los hijos tienen hermanos que son siempre los mismos, los de la sangre, y los hermanos espirituales que son muchos deberían estar jugando juntos, cocreando. Nos separamos en pequeñas propiedades privadas, corriendo de un lado al otro para buscar el sustento para el núcleo familiar. Lo natural es agruparnos y mientras unos siembran, otros educan, otros construyen, algunos cocinan, y en el momento indicado nos juntamos a comer, a celebrar, a seguir tribando. El amor que tanto buscamos, además del amor a sí mismo que se cultiva, no es el de pareja, hijos, familia, sino que al no tener tribu para practicar el amor en infinitas facetas, sobrecargamos la idea de que la pareja, los hijos, y la familia, nos darán el terreno para canalizar el amor. Sin tribu es como un cuerpo humano desmembrado intentando funcionar, cada miembro por separado. Tenemos que volver a las tribus donde los abuelos son dignificados y los tíos somos todos. El comercio, la propiedad privada, y el individualismo nos arrancó como ramas del tronco que nos une. En la tribu todos los dones son bienvenidos, y los roles rotativos no crean aburrimiento ni saturación. En las tribus hay tantos hermanos y hermanas que el compartir es riquísimo y los modelos se alternan. Ahora se empieza a usar el envejecer entre amigos, y eso es apreciar la tribu. Podemos empezar antes y darles a los niños el entorno saludable donde compartir es natural y dónde hay muchos referentes de quienes aprender. La tribu: Es para crear el amor."
De Laura Losada


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